Tema 6: El sentido cristiano del sufrimiento humano

El sentido cristiano del sufrimiento humano (Salvifici Doloris) (encuadre espiritual de la pastoral de la salud).

SALVIFICI  DOLORIS

    Carta Apostólica Sobre el Sentido Cristiano del Sufrimiento Humano

    Juan Pablo II

    Resumen

1. INTRODUCCIÓN

 San Pablo  nos dice: “Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col. 1,24). Estas palabras tienen el valor casi de un descubrimiento definitivo que va acompañado de alegría por la cual el Apóstol agrega al mismo pasaje: “Ahora me alegro de poder sufrir por ustedes”. La alegría se deriva del descubrimiento del sentido del sufrimiento, que vale también para todos los hombres. El sufrimiento parece pertenecer a la trascendencia del hombre; es una de esas cosas por las que el hombre esta llamado a ello de una manera misteriosa y oculta.

Como es sabido el sufrimiento entra en el hombre en distintos momentos de su vida: se realiza de diferentes maneras ; asume dimensiones diversas; sin embargo el sufrimiento es inseparable de la existencia terrena del hombre; por ello Iglesia, que nace del misterio de la redención en la Cruz de Cristo, está obligada a buscar el encuentro con el hombre, de modo particular en el camino del sufrimiento. De aquí se deriva que el sufrimiento humano suscita compasión, respeto, y, a su manera atemoriza, llegando a tocar en el hombre la más profunda necesidad del corazón y también el profundo imperativo de la fe, ambos parecen unirse de manera singular.

2. EL MUNDO DEL SUFRIMIENTO HUMANO

El hombre sufre de diversos modos, no siempre considerados por la medicina, ni siquiera en sus más avanzadas ramificaciones ya que el sufrimiento es algo todavía más amplio que la enfermedad, más complejo y, a la vez, aún más enraizado en la humanidad misma. Cuando distinguimos entre el sufrimiento físico y moral, la misma tiene como fundamento la doble dimensión del ser humano: corporal y espiritual. Aunque las palabras “sufrimiento” y “dolor” se pueden usar, hasta un cierto punto como sinónimos, el sufrimiento físico se da cuando duele el cuerpo, mientras que el sufrimiento moral es dolor del alma. Se trata del dolor de tipo espiritual y no solo de la dimensión “psíquica”, es decir, del dolor que acompaña tanto el sufrimiento moral como físico. La S. E. –sobre todo el A.T.- es un gran libro sobre el sufrimiento. La realidad del sufrimiento plantea una pregunta sobre la esencia: ¿qué es el mal?. La respuesta cristiana a esta pregunta es distinta a la que plantean algunas tradiciones culturales y religiosas. Desde el concepto cristiano, el hombre sufre a causa del mal, que es una cierta falta del bien; es decir que el hombre sufre a causa del bien del que el mismo se ha privado.

3. A LA BÚSQUEDA DE UNA RESPUESTA A LA PREGUNTA SOBRE EL SENTIDO DEL SUFRIMIENTO

Todo hombre que sufre se pregunta: ¿por qué? -es una pregunta sobre la causa- y al mismo tiempo, ¿para qué? -es decir por su sentido o su fin-. Esta es una pregunta difícil, como lo es la pregunta ¿por qué el mal?. ambas preguntas son difíciles cuando el hombre se la hace a otro hombre, como también cuando se la hace a Dios, ya que el hombre no le hace esta pregunta al mundo, aunque muchas veces el sufrimiento provenga de él, sino que se la hace a Dios como creador y Señor del mundo, lo que muchas veces produce frustración y hasta la negación misma de Dios. En el libro de Job la pregunta ha encontrado su expresión mas viva; la respuesta del los viejos amigos es –debe haber cometido alguna culpa grave- para ellos el sufrimiento es la pena o consecuencia de algún pecado y es mandada por Dios. Pero Job niega que sea verdad ese principio ya que el se reconoce inocente y por lo tanto para Job, su sufrimiento es el de un inocente y debe ser aceptado como misterio que él, con su inteligencia, no puede comprender a fondo. Para percibir la verdadera respuesta al “por qué” del sufrimiento, tenemos que volver nuestra mirada a la revelación del amor divino.  Cristo nos hace entrar en el misterio y nos hace descubrir el “por qué” del sufrimiento, ya que Él le ha dicho todo al hombre en la cruz.

 4. JESUCRISTO. EL SUFRIMIENTO VENCIDO POR EL AMOR

“Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”(Jn.3,16). Estas palabras, nos introducen en el centro mismo de la acción salvífica de Dios -manifiestan la esencia misma de la salvación cristiana- nos encontramos aquí con una dimensión totalmente nueva que encierra en cierto sentido el significado del sufrimiento dentro de los límites de la justicia – dimensión de la redención-.

El hombre “muere” cuando pierde la “Vida Eterna”. El Hijo del hombre en su misión salvadora llega a tocar el mal en sus mismas raíces trascendentales que están fijadas en el pecado y la muerte. El vence el pecado con su obediencia hasta la muerte y vence la muerte con su resurrección. Y aunque se debe juzgar con gran cautela el sufrimiento del hombre como consecuencia de pecados concretos, sin embargo, el sufrimiento no puede separarse del pecado de origen –original-. Y aunque la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, conseguida por Cristo no suprime los sufrimientos temporales de la vida humana ni libera del sufrimiento, esta victoria proyecta una luz nueva, la luz del Evangelio, que es la salvación. En el centro de esta luz se encuentra la conversación con Nicodemo: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único”(Jn 3,16).

 En su actividad mesiánica en medio de Israel, Cristo se acercó sin cesar al mundo del sufrimiento humano tanto al del cuerpo como al del alma, instruyo poniendo como centro las ocho bienaventuranzas, que son dirigidas a los probados por diversos sufrimientos en su vida temporal, “los que tienen alma de pobres, los afligidos...”, se acerco sobre todo al mundo del sufrimiento por el hecho de haber asumido este sufrimiento en sí mismo en todas sus formas, al extremo de alcanzar la salvación por su muerte y resurrección en la cruz, y es por eso que reprende severamente a Pedro cuando quiere impedir el sufrimiento y la muerte en la cruz (Cf. Mt. 16,23). Cristo se encamina hacia su propio sufrimiento consciente de su fuerza salvífica, va obediente hacia el Padre, pero ante todo esta unido al Padre en el amor con el cual él ha creado el mundo, y al hombre en el mundo. Por eso Pablo escribe de Cristo: “Me amó y se entrego por mí”(Gal. 2,20).

El sufrimiento humano ha alcanzado su punto culminante en la pasión de Cristo. Y, a su vez, ésta ha entrado en una dimensión completamente nueva y en orden nuevo: ha sido unida al amor, a aquel amor del que Cristo habla con Nicodemo, a aquel amor que crea el bien, sacándolo incluso del mal, así como el bien supremo de la redención del mundo ha sido sacado de la cruz de Cristo y toma de ella su arranque. La cruz de Cristo se ha convertido en una fuente de la que brotan manantiales de agua viva. En ella debemos plantearnos también el interrogante sobre el sentido del sufrimiento, y leer hasta el final la respuesta a ese interrogante.

5. PARTÍCIPES EN LOS SUFRIMIENTOS DE CRISTO.

El mismo poema del Servidor doliente (Is. 53, 10-12) nos conduce, en la dirección de este interrogante y de esta respuesta. Puede afirmarse que, junto con la pasión de Cristo, todo sufrimiento humano se ha encontrado en una nueva situación. En la cruz de Cristo no solo se ha cumplido la redención mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento humano ha quedado redimido. Cristo –sin culpa alguna propia- cargó sobre sí “el mal total del pecado”. El redentor ha sufrido en vez del hombre y por el hombre. Todo hombre tiene su participación en la redención. Cada uno está llamado también a participar en ese sufrimiento mediante el cual se ha llevado a cabo la redención. Esta llamado a participar en ese sufrimiento mediante el cual se ha llevado a cabo la redención. Está llamado a participar en ese sufrimiento por medio del cual todo sufrimiento humano ha sido también redimido. Llevando a cabo la redención mediante el sufrimiento, Cristo ha elevado juntamente el sufrimiento humano a nivel de redención. Consiguientemente todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también partícipe del sufrimiento redentor de Cristo.

 El hombre al descubrir por la fe el sufrimiento redentor de Cristo, descubre al mismo tiempo en él sus propios sufrimiento, los revive mediante la fe, enriquecidos con un nuevo contenido y con un nuevo significado. La cruz de Cristo arroja la luz salvífica con tanta vehemencia sobre la vida del hombre y, principalmente, sobre su sufrimiento, porque, mediante la fe, lo llega a tocar junto con la resurrección: el misterio de la pasión está incluido en el misterio pascual. A quienes participan de los sufrimientos de Cristo, las palabras “Padre, perdónalos por que no saben lo que hacen..”(Lc. 23,34) se imponen con la fuerza de un ejemplo supremo. El sufrimiento es también una llamada a manifestar la grandeza moral del hombre, su madurez espiritual. De esto han dado prueba, a través de diversas generaciones, los mártires y los confesores de Cristo, fieles a las palabras: ”No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma” (Mt. 10,28). Es sufrimiento, en efecto, es siempre una prueba –a veces bastante dura-, a la que es sometida la humanidad. En el sufrimiento está contenida una particular llamada a la virtud, que el hombre debe ejercitar por su parte. Esta es la virtud de la constancia al soportar lo que molesta y hace daño. Haciendo esto, el hombre hace brotar la esperanza, que mantiene en él la convicción de que el sufrimiento no prevalecerá sobre él.

 De este modo, con esa apertura a cada sufrimiento humano, Cristo ha obrado con su sufrimiento la redención del mundo. Al mismo tiempo Vive y se desarrolla como cuerpo de Cristo o sea la Iglesia y, en esta dimensión cada sufrimiento humano, en virtud de su unión en el amor con Cristo, completa el sufrimiento de Cristo. Lo completa como la Iglesia completa la obra de redención de Cristo.

6. EL EVANGELIO DEL SUFRIMIENTO

El redentor mismo ha escrito este Evangelio ante todo con su propio sufrimiento asumido por amor, para que el hombre “no muera , sino que tenga vida eterna” (Jn. 3,16). Es ante todo consolador notar que al lado de Cristo, en primerísimo y en destacado lugar, está siempre su Madre, por el testimonio ejemplar que con su vida entera da a este particular Evangelio del sufrimiento. Su subida al Calvario, su “estar” a los pies de la cruz junto con el discípulo amado, fueron una participación del todo especial en la muerte redentora del Hijo.

El Evangelio del sufrimiento, a través de la experiencia y de la palabra de los Apóstoles, se convierte en una fuente inagotable para las generaciones siempre nuevas que se suceden en la historia. El evangelio del sufrimiento significa no solo la presencia del sufrimiento en el Evangelio como uno de los temas de la Buena Noticia, sino además la revelación de las fuerzas y del significado salvífico del sufrimiento en la misión mesiánica de Cristo y luego en la misión y en la vocación de la Iglesia.

Cristo no escondía a sus oyentes la necesidad del sufrimiento. Decía “el que quiera venir detrás de mí...cargue con su cruz cada día” (Lc. 9,23). Sus discípulos y confesores encontrarían múltiples persecuciones (Lc. 9,23; Mt. 7,13-14; Lc. 21, 12-19; Jn. 15, 18-21; Jn. 16,33). El primer capítulo de este Evangelio del sufrimiento contiene en si mismo una llamada especial al valor y a la fortaleza, sostenida por la elocuencia de la resurrección. Otro gran capítulo de este Evangelio lo escriben todos los que sufren con Cristo, uniendo los propios sufrimiento humanos a su sufrimiento salvador, lo escriben y lo proclaman al mundo, lo anuncian en su ambiente y a los hombres contemporáneos.

A través de los siglos y de las generaciones se ha constatado que en el sufrimiento se esconde una fuerza particular que acerca interiormente al hombre a Cristo; una gracia especial. A ella deben, muchos santos su conversión por ejemplo san Francisco de Asís, san Ignacio de Loyola, etc.. Cuando este cuerpo está gravemente enfermo, totalmente inhábil y el hombre se siente como incapaz de vivir y de obrar, tanto más se ponen en evidencia la madurez interior y la grandeza espiritual, constituyendo un elección conmovedora para los hombres sanos y normales, todo esto fruto de una particular conversión y cooperación con la gracia redentora.

 El sufrimiento no puede ser transformado y cambiado con una gracia exterior, sino interior. Cristo se encuentra muy dentro de todo sufrimiento, el divino redentor quiere penetrar en el ánimo de todo paciente a través del corazón de su Madre, primicia y vértice de todos los redimidos, Cristo moribundo confirió a la siempre Virgen una maternidad nueva –espiritual y universal-. Este proceso interior no se desarrolla siempre de igual manera. Casi siempre comienza con una protesta típicamente humana y con la pregunta del porqué. A esta pregunta Cristo mismo responde desde la cruz, desde el centro del propio sufrimiento, esto es algo mas que una respuesta abstracta a la pregunta del sufrimiento. Esta es, en efecto, una llamada. Es una vocación. Cristo, ante todo dice “Sígueme”, “Ven”, toma parte con tu sufrimiento en esta obra de salvación del mundo, que se realiza a través de mi sufrimiento. Por medio de mi cruz. A medida que el hombre toma su cruz, uniéndose espiritualmente a la cruz de Cristo, se revela ante él el sentido salvífico del sufrimiento.

De esta alegría habla el apóstol en la carta a los Colosenses (Col. 1,24). La superación del sentido de inutilidad del sufrimiento, la sensación deprimente de la enfermedad, es transformada por Jesús en frutos de salvación de sus hermanos y hermanas, por lo tanto no solo que no es inútil sino que se transforma en un servicio insustituible. El sufrimiento mas que cualquier cosa, es el camino a la gracia que transforma las almas y hace presente en la historia dela humanidad la fuerza de la redención.

Por eso la Iglesia ve en todos los sufrientes, un sujeto múltiple de su fuerza sobrenatural. Los manantiales de la fuerza divina brotan precisamente en medio de la debilidad humana. Los que participan de los sufrimientos de Cristo conservan una especialísima partícula del tesoro infinito de la redención del mundo.

7. EL BUEN SAMARITANO

La parábola del Buen Samaritano pertenece también al Evangelio del sufrimiento. Mediante esta parábola Cristo quiso responder a la pregunta: “¿y quién es mi prójimo” (Lc. 10,29).En efecto, entre los tres que viajaban a lo largo, donde estaba medio muerto un hombre robado y herido por los ladrones, el Samaritano demostró ser verdaderamente el «prójimo» para aquel infeliz. “Prójimo” quiere decir también aquél que cumplió el mandamiento del amor al prójimo, al mismo tiempo indica, cuál debe ser la relación de cada uno de nosotros con el prójimo que sufre. No nos está permitido “pasar de largo”, con indiferencia. Buen Samaritano es todo hombre, que se para junto al sufrimiento de otro hombre de cualquier género que ése sea. Si Cristo, conocedor del interior del hombre, subraya esta conmoción, quiere decir que es importante para toda nuestra actitud frente al sufrimiento ajeno. Por lo tanto, es necesario cultivar en sí mismo esta sensibilidad del corazón, que testimonia la compasión hacia el que sufre.

El buen Samaritano no se queda en la mera conmoción y compasión. Estas se convierten para él en estímulo a la acción que tiende a ayudar al hombre herido, buen Samaritano es el que ofrece ayuda en el sufrimiento, dentro de lo posible, eficaz. En ella pone todo su corazón y no ahorra ni siquiera medios materiales. Se puede afirmar que se da a sí mismo, su propio “yo”, abriendo este “yo” al otro. Tocamos aquí uno de los puntos clave de toda la antropología cristiana. El hombre no puede “encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás”. Esta actividad asume, en el transcurso de los siglos, formas institucionales organizadas y constituye un terreno de trabajo en las respectivas profesiones. ¡Cuánto tiene “de buen samaritano” la profesión del médico, de la enfermera, u otras similares! Por razón del contenido evangélico, encerrado en ella, nos inclinamos a pensar más bien en una vocación que en una profesión.

Viendo todo esto, podemos decir que la parábola del Samaritano se ha convertido en uno de los elementos esenciales de la cultura moral y de la civilización universalmente humana. Estas se extienden a todos los que ejercen de manera desinteresada el propio servicio al prójimo que sufre, empeñándose voluntariamente en la ayuda y destinando a esta causa todo el tiempo y las fuerzas que tienen a su disposición fuera del trabajo profesional. Esta espontánea actividad puede también definirse como apostolado, siempre que se emprende por motivos auténticamente evangélicos. La Ayuda familiar, por su parte, significa tanto los actos de amor al prójimo hechos a las personas pertenecientes a la misma familia, como la ayuda recíproca entra las familias.

Es difícil enumerar los tipos y ámbitos de la actividad como samaritano que existen en la Iglesia y en la sociedad. Es enorme el significado de las actitudes oportunas que deben emplearse en la educación. La familia, la escuela, las demás instituciones educativas, aunque sólo sea por motivos humanitarios. La Iglesia debe hacer lo mismo, profundizando aún más. Las instituciones son muy importantes e indispensables; sin embargo, ninguna institución puede de suyo sustituir el corazón humano, la compasión humana, el amor humano, la iniciativa humana, cuando se trata de salir al encuentro del sufrimiento ajeno.

La parábola del buen Samaritano, camina con él a lo largo de la historia de la Iglesia y del cristianismo, a lo largo de la historia del hombre y de la humanidad. Testimonia que la revelación por parte de Cristo del sentido salvífico del sufrimiento no se identifica de ningún modo con una actitud de pasividad. Es todo lo contrario. El Evangelio es la negación de la pasividad ante el sufrimiento. Cristo realiza de este modo el programa mesiánico de su misión, según las palabras del profeta: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor”(Lc. 4,18-19). En el programa mesiánico de Cristo, que es a la vez el programa del reino de Dios, el sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización en la “civilización del amor”. Así como todos son llamados a “completar” con el propio sufrimiento “lo que falta a los padecimientos de Cristo”(Col. 1,24). Cristo al mismo tiempo ha enseñado al hombre a hacer bien con el sufrimiento y a hacer bien a quien sufre. Bajo este doble aspecto ha manifestado cabalmente el sentido del sufrimiento.

8. CONCLUSIÓN.

Este es el sentido del sufrimiento, verdaderamente sobrenatural y a la vez humano. Es sobrenatural, porque se arraiga en el misterio divino de la redención del mundo, y es también profundamente humano, porque en él el hombre se encuentra a sí mismo, su propia humanidad, su propia dignidad y su propia misión. El Concilio Vaticano II ha expresado: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque ... Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (G.S. 22).

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Sentido del sufrimiento

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